22 febrero 2010

José Castro, el héroe leonés de Perejil abandonado a su suerte

José Castro es de esos soldados que lo siente. «Durante diez años de servicio vestí el uniforme con alegría y orgullo. Lo que más me gustó siempre de esta vida era el tiempo que pasábamos en el campo. La mente absorta en el trabajo no te permitía pensar en nada más», cuenta él mismo en una novela que escribió sobre sus vivencias. Una obra que arranca con una cita de Séneca: «Amamos la Patria no porque sea grande, sino porque es nuestra».

Y ahora se encuentra casi cojo, inútil para el servicio, alejado de esa vida que tanto le gustaba y desencantado con sus mandos. «Me han tratado como un perro después de dejarme allí los mejores años de mi vida».

– ¿Qué pasa Carlos?

– No nos han dicho nada, pero en la radio dicen que unos moros se han instalado en un islote al lado de Ceuta. Fue una patrulla de los picoletos y los echaron de allí a punta de fusil.

Así le contaron al cabo Castro que iban a partir para Perejil, así lo cuenta él en su futura novela. El boina verde leonés se mostró encantado, como siempre, a él le va la marcha. Siente el Ejército, ya hace muchos meses que está fuera de él y sigue vistiendo sus camisetas, su chándal, sigue soñando que un día regresará a un cuartel. Pero no va a ser así, está casi cojo. «Padece laxitud de rodilla derecha por rotura de ligamento cruzado posterior, atrofia del cuadriceps derecho de 2 centímetros y condromalacia con lesión condral del cóndilo femoral externo que supone un grado de discapacidad global del 14%», dice el parte que concluye que «el interesado no reúne las condiciones psicofísicas necesarias para estar en situación de servicio activo». Lo que en cristiano viene a ser «a la calle».

En su libro desvela con todo tipo de detalles la famosa toma de Perejil. «A las puertas del hangar llegó un camión. Colocó la caja frente a la puerta y se bajaron unas cuantas cajas. Eran las granadas de mano. Nos repartieron cuatro por cabeza». Relata cómo las contaron que no era una «astracanada de opereta, que las reglas del enfrentamiento les permitían disparar. No entrar a sangre y Fuego pero sí disparar y usar la fuerza».

«Debido al fuerte viento y al aligeramiento del helicóptero según iban saltando los demás, al salir el último yo, la distancia que me separaba de tierra era más que respetable. Recuerdo la imagen del patín muy por encima de mi cabeza. Los primeros que saltaron apenas distaban medio metro. Yo caía sobre el sargento.

Para evitar pisarlo intenté cambiar la pierna para otro lado. Lo siguiente que recuerdo fue un pinchazo, como si me hubieran clavado un hierro al rojo. Un calambre me recorría el cuerpo mientras algo crujía en mi rodilla».

Ahí empezó su calvario. Dicen que la frase a Moncloa de ‘Sin novedad’ acabó con su futuro. Había novedad: su rodilla, su futuro... pero ya se había dicho ‘sin novedad’.

Después vinieron los tribunales médicos, los reveses militares, los despachos en los que casi nadie le quiere recibir y a la calle. Eso sí, con una Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo que sólo se concede en acción de guerra.

– Pero de una medalla no se come.

...

José Castro no se resigna a abandonar el Ejército por la puerta de atrás. Por ello un día se vistió de militar, se puso la medalla que ganó en Perejil y cuando pudo se acercó al entonces ministro Trillo, que le sonrió al ver la medalla. «Con usted tengo que hablar». Le explicó su caso y el ministro se dirigió a un miembro de su comitiva: «Tómele los datos a este hombre». Hasta hoy.

Personajes Leoneses - Robinsones - Fundación Saber.es
Fulgencio Fernández - David Rubio

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